
Alturas de la meseta lata y extensa. Reino perdido entre la soledad y las piedras donde la postergación se sienta en su trono y la desesperanza se apoya en su báculo. Cada cañadón gime su pena mayor. Hacia el olvido, la nada, el después, los otrora.
Escoriales colgados de los balcones donde la distancia y el silencio entretejen su urdimbre pobre de pesadumbres y de indiferencia, donde pilas de monedas como columnas salomónicas parecen alcanzar la diafanidad íntima del cielo azul y dilatado.
El abandono su marca perceptible. El misterio un arcano donde los caballos rompen los sellos del tiempo. La impotencia su derrotero y la espera unos ojos cegatos donde su lagrimal acuoso llora a destajo en las vertientes.
Los cerros donde el topónimo se vuelve gutural y austero. Las lagunas donde el viento se persigna y escapa como un ladrón furtivo entre los altos cañadones, furioso y desbocado. Las piedras augures donde los viejos pobladores hurtaron al basalto la oquedad para hallar morada y cobijo.
Sus difusas incertidumbres. El alto vuelo del ñanco de supersticiones antiguas, la mirada súbita del pilquín. La lentitud mimética del matuasto. El relincho alerta del guanaco con sus orejas tiesas. El choique raudo y señorial, apelativo y linaje de viejas familias. El zorro astuto y huidizo cruzando ágil el riscal de la estepa mesetaria.
Sus claves perdidas. La cruz de los escoriales. Las verbenas en flor. Los pozos que respiran con su fragua de caracola marina. La catedral de “la gotera” con su hilo de agua prístina, reloj vivo de los tiempos, pila bautismal, oasis colgado del cerro como antaño los jardines de Babilonia. Álamos en la altitud. Edades primordiales. Apellidos de los hombres de la tierra, viejos pobladores, de dinastías vencidas donde los ojos crucifican al mañana y la espera se pierde por las hilachas de parajes sin nombre.
Por las picadas irascibles donde hasta el alma se desacomoda al ver tanta pobreza, tanta distancia. Hacia la letanía del viento, la traición inclemente de las nevadas, el frío que muerde la carne y penetra como las espinas aleves de las tunas. La piedra dueña, la vieja de las ofrendas, el toro de las aguas, la tropilla invisibles, los anchimallenes. El mito y la realidad compartiendo el redondo pan casero, la carne de yegua al amparo del fogón, las noches donde el cielo parece bajar al mundo de los hombres para mostrarles el camino de las estrellas, la antigua morada de sus dioses tutelares. El tótem de su sangre de viejos guerreros.
Alturas de la meseta de Zunguncurá. Horizonte sin mengua donde hasta la confianza se arruta como el trote desconfiado del caballo. Los viejos hábitos de bajar los cueros, de hablar poco,de escuchar la voz de uno mismo y de conversar con el silencio en los corrales de pircas, en la hilacha blanca y fina de la chivada, en el filo cortante del cuchillo, en la piel del colorado recién estaqueado.
Piedra que suena de tanta marginación, de impotencias viejas, en los puños cerrados de los basaltos, en el estropicio helado de la ventisca, en las arrugas del rostro, en el cabello cano de los ancianos, en los puestos escondidos, en las sendas donde el timorato se pierde.
Otro tiempo y otros lugares. Edades legendarias. Magisterio errante de la piedra y del agua, reino mesetario, planiza azulada, estepa achaparrada, pro del Sur de todos los olvidos
Meseta de Somuncurá. Alta, fuerte, dilatada, agreste, tutelar. Tan vieja como la edad del continente. Tan nuestra como el aire que respiramos.
Texto: Jorge Castañeda
Escritor – Valcheta
A CONTINUACIÓN UNA NOTA DE LOS HERMANOS PILQUIMAN PUBLICADA POR masrionegro
Los hermanos Pilquimán saben las penurias que es vivir en la Meseta de Somuncurá
Raúl Díaz 5 de abril de 2021 Clima, Destacados, Política Comentarios desactivadosen Los hermanos Pilquimán saben las penurias que es vivir en la Meseta de Somuncurá 18,612 Views
Solamente el timorato puede hablar con tanta soltura sobre las cosas que desconoce. Y solamente los políticos de turno creen que por visitar raudamente algún paraje ante una emergencia conocen la penuria de la gente que vive en la zona rural de la provincia de Río Negro, sobre todo en la Meseta de Somuncurá.
Hay que vivir en ella poblando campos estériles donde solo se ve la pura piedra, el coirón achaparrado por el viento y en épocas de invierno hasta los alambrados congelados por la helada.
Es dura la vida en la meseta para los hombres que la habitan con su puñado de animales, invariablemente unos pocos caprinos o yeguarizos, que es lo que esos campos olvidados de la mano de Dios permiten. Su geografía austera donde nada se regala va templando el alma de estos hombres y mujeres que tienen la osadía de poblarla y hacerla su lugar en el mundo.
En pocas ocasiones bajan a los centros o a los pueblos que a veces están a más de 150 kilómetros, por caminos imposibles, casi siempre cortados donde reinan los cañadones, las piedras estorban el paso de cualquier vehículo y las promesas de los funcionarios sobrevuelan en el aire. Generalmente cuando tienen que comercializar el pelo de chivo, vender algún animal para comprar los pocos vicios que serán su única subsistencia durante meses o cuando están enfermos.
Leña tampoco hay, la tierra de la meseta es mezquina hasta para eso. Y la temperatura en época de invierno baja hasta los 20 grados bajo cero. Se congelan las manos, el combustible, el agua para tomar y hasta el aliento de estos crianceros que siempre esperan tiempos mejores.
¿Cómo se puede hacer para conocer el sufrimiento de esta gente que está sola, impotente, olvidada y a la intemperie de toda justicia? ¿Quién se hace cargo de tanta desidia, de tanta negligencia, de tantas postergaciones?
La dieta cuando la situación lo permite es algún costillar de carne de potro, unos pedazos de galletas duras, el mate conversado en la intimidad del puesto y algunas tortas fritas de varios días si se tiene la suerte de tener harina.
Tampoco hay ropa que pueda abrigar tanto frío. Algunos pellones en los catres y la compañía de los perros que a veces son los únicos compañeros fieles de la gente de campo. Pero lo más difícil de todo es encontrar un poco de solidaridad que abriga más que muchas cobijas.
Los hermanos Pilquimán son viejos pobladores de la meseta, conocidos por hospitalarios y por los turistas que se acercan a su rancho para sacarse algunas fotos con ellos.
Saben de las penurias que trae vivir en esas alturas de la meseta. Allí sí que las piedras hablan, las únicas tal vez que como ellos resisten el clima hostil y el abandono que como una espina de tunales se clava en la carne y en el alma.
Conocen su hábitat como la palma de su mano. Eso han sido siempre: crianceros. Luchando contra la sequía, contra las crecientes, contra las plagas que hacen desastres en sus pocos animalitos, contra la indiferencia de los que podrían cambiar un poco las cosas y no lo hacen.
Están ahítos de tantos sufrimientos y todo lo viven con una resignación que es de admirar. Hablan muy poco porque como otros habitantes de los parajes rurales tienen la dignidad de soportar en silencio sus propios males.Por otra parte, uno se pregunta ¿de qué serviría quejarse? ¿Y quién como se dice ahora les prestaría la oreja?
Dicen que la meseta es linda y es cierto. Pero es una verdad a medias: la meseta también es dura y para habitarla hay que encallecer los sentimientos y curtirse en los mil contratiempos que la vida en la Patagonia presenta. Porque como decía Saint Exupéry: la meseta “resiste el corazón de los hombres”.
¿Se puede hablar de justicia cuando hay familias como los Pilquimán poblando algún lugar perdido en la geografía rionegrina? ¿Hay algún programa que contemple tamaña ignominia? ¿Qué estadística puede tabular la situación de estos provincianos que resisten a puro coraje la osadía de vivir en los campos? ¿Qué leyes regulan tanto abandono? ¿Qué inclusión les dará una mejor calidad de vida? ¿Qué legislador se acuerda ellos?
Como los hermanos Pilquimán y Teófilo Pazos hay otros muchos más que soportan sus desventuras esperando siempre un tiempo mejor. Son pobladores del infortunio y de la soledad.
Esperan con los ojos cansados de ver tantos años malos, tantas encrucijadas, sabiendo que mañana será igual o peor que hoy.
Tal vez algún día se haga justicia con ellos. Tal vez algún día se reconozca su sacrificio. Y tal vez algún día amanezca para ellos el sol de un mejor porvenir.
Jorge Castañeda
Escritor – Valcheta
Reedición
Foto: Diego Valle
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