Nuestra flor nacional, el ceibo, también tiene su propia leyenda

 

Como lo hemos mencionado en otras ocasiones en las que nos referimos a alguna “leyenda”, la flor nacional, el ceibo, como no podía ser de otra manera, tiene también la suya.

La protagonista de esta narración es una muchacha llamada Anahí, quien era integrante de la tribu de los “Guayaqui” o “Guaraníes” con residencia a orillas del rio Paraná. Según la leyenda, la joven, que no era muy agraciada, pero si era portadora de una preciosa y dulce voz con la que brindaba alegría a toda la gente de la comunidad cantando.

Siempre a estar por la leyenda, su canto era tan dulce que hasta los pájaros del monte callaban para escucharla y el río se sumaba silenciando su correntada.

Nadie pensaba entonces en la tribu que mientras sus integrantes aguardaban ansiosos la llegada de la primavera, quienes arribaron fueron los integrantes de una tribu vecina considerada peligrosa por su belicosidad, quienes llegaron con intenciones también de poblar ese lugar, aunque otras versiones afirman que  los invasores eran colonizadores españoles.

Se desató por lo tanto una encarnizada lucha entre ambas comunidades y en medio de la cruel disputa, la joven Anahí vio morir a la totalidad de sus hermanos y su propio padre.  La muchacha se sumó a la lucha, que hizo con mucho coraje y valentía, dificultándole a los invasores apresarla, lo que al final lograron para amarrarla con tiras de cueros y mantenerla así prisionera.

Anahí permaneció de tal forma, muchos días llorando, aunque no se dio por vencida y aprovechó una noche sin luna para escapar, aprovechando que quien estaba a cargo de su vigilancia dormía.

La joven con total decisión al sentirse libre huyó hacia la selva, con la intención de alejarse todo lo posible, sabiendo que cuando su carcelero despertara iría tras ella, lo que obviamente ocurrió.

El centinela que fue tras sus pasos consiguió alcanzarla y se trenzaron en una feroz lucha cuerpo a cuerpo hasta que la valiente Anahí, quien luchó con todas sus fuerzas con bravura, logró clavarle su puñal y darle muerte.

Lo que no pudo la joven es escapar del grupo de guerreros que también habían salido en su búsqueda  y que ahora si consiguieron capturarla y atarla a un árbol y sin demora la sentenciaron a muerte.

Como sus captores advirtieron que la muchacha era muy valiente y estaba dispuesta a luchar por su vida y la de su tribu, decidieron ejecutarla de inmediato y entonces en el mismo árbol que estaba atada, prendieron una hoguera para quemarla.

La joven Anahí, lejos de acusar el sufrimiento que estaba padeciendo, comenzó a cantar con su cálida y dulce voz, lo que provocó que el fuego en lugar de cumplir su cruel misión, la protegiera. No obstante, a pesar que las llamas consumieron el árbol y la joven, al amanecer las cenizas rodeaban a un nuevo árbol con una hermosa flor roja que al decir de los especialistas, es perfecta porque presenta los cuatro ciclos florales. cáliz, corola, androceo y gineceo, por lo tanto es hermafrodita ya que están presentes los dos sexos en cada una de las flores.

Una de las leyendas, ya que existen distintas versiones, sostiene que el árbol contiene el alma de Anahí y explica que la flor de ceibo haya sido por otra parte considerada como un símbolo de la pureza y de la dulzura, a la vez que de la rebeldía indomable y altiva.

Finalmente, acotemos que quienes han visitado  el Monumento de la Bandera, en Rosario, habrá podido contemplar en el Salón de las Banderas, la vitrina que exhibe nuestros cuatro símbolos patrios oficialmente consagrados: la Bandera, el Escudo, el Himno y la Flor Nacional.

Eduardo Reyes, escritor de Viedma

Las Grutas  —  Río Negro

 

 

 

 

 

 

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