Releyendo el excelente libro del periodista, historiador, investigador y costumbrista Nicasio Soria, “De bueyes perdidos”, compendio de artículos publicados en el diario Rio Negro, me topé nuevamente con el cuidadoso tratamiento que el escritor le da a distintos personajes de los que cuenta jugosas anécdotas.
Especialmente cuando se refiere a sus nombres o apelativos, muchos de los cuales provocan distintas reacciones ya que responden a errores en su pronunciación, mal asentamiento por la dificultosa expresión de los progenitores, muchos de los cuales habían llegado de distintos puntos del mundo, por caso quienes se radicaron en la región Sur de Rio Negro, que en buen número procedían del Líbano.
De más está decir o puntualizar que esta situación se agravó al conjugarse la dificultad que planteaba el idioma del extranjero y la por entonces deficiente instrucción de los encargados de las reparticiones responsables de registrar las identidades.
Por otra parte, en la decisión de elegir un nombre para el nuevo ser incidieron además cuestiones y razones de distinta y de la más variada índole, entre las que figuraban cuestiones como, referencias históricas, el almanaque, homenajes, acontecimientos, tradiciones, homenajes, pasiones y tantas otras que le agregan a un nombre connotaciones especiales.
Un ejemplo de ello lo encuentro en mi propia familia ya que mi padre cargó durante su existencia con el nombre del santo del día del nacimiento, Nicomedes, que se celebra el 15 de setiembre y una de sus hermanas con el de Iluminada por haber llegado a la vida el 29 de noviembre, el resto de mis tíos tuvieron mejor fortuna ya que se asomaron a la vida coincidentemente con el día de San Eduardo, Petra, Antonio y Amelia.
Debo señalar que no sé si por coincidir con el día de su “santo” o no pero por la parte materna mi bisabuelo ostentó con elegancia y valentía Petronilo y su hija, mi abuela, el de Cristeta.
Mencioné a modo de adelanto que eran muy comunes en tiempos pasados las dificultades que generaba el mal castellano de los extranjeros recién arribados al país y la escasa instrucción de algunos funcionarios de aquella época. En mi pueblo, un transportista, hijo de italianos llevó estoicamente el nombre de Oculino, soportando cargadas y chanzas de todo calibre
En una oportunidad le pregunté por su nombre y me aclaró que su padre en deficiente castellano pidió que se lo bautizara como Hugo Lino Danunzzio.
Otro conocido transportista que trabajaba para la misma firma cerealera que yo lo hacía, al firmar un recibo estampo Cose Tito y ante mi pregunta me respondio que el padre quiso registrarlo como José Tito, su dificultad con el idioma hizo el resto.
Una similar o de las mismas características fue el de un chacarero, cliente también de la firma que estaba registrado como Ilberto Menna, el que consultado sobre el tema, aclaró que el deseo de su padre era bautizarlo como Heriberto Menna. Coincidencias relacionadas con el tema se produjo con otro vecino conocido como Lituardi Zazali. Ocurre, según explicó el damnificado, que la intención del progenitor era nombrarlo Eduardo, pero según contaron allegados, el papá en su complicado castellano le dijo al juez de Paz, “ponele lituardi”.
Un tema muy comentado, en este caso sucedido en Bahía Blanca, se registró cuando un vecino comerciante que se manifestaba haber sido muy perjudicado por la crisis de 1914, la que afectó al comercio y la industria en gran medida, solicitó que a su hijo que había nacido ese año, se le impusiera el nombre de Crisis Catorce Temporelli y así lo hizo el eficiente funcionario que tomó al pie de la letra tal solicitud.
Capítulo aparte lo aportaron los nombres homenajes o aquellos que los padres imponían a sus hijos por ser fieles seguidores de algún cantor, actores o actrices, políticos o personajes que dejaron su marca en la historia, por alguna acción destacada, por la interpretación de un personaje que resulto muy celebrada, o por alguna otra razón que mereció la aprobación o identificación popular.
Así es que no son pocos los Carlos que deben su nombre a quien cada vez canta mejor, como Carlos Gardel, ni hablar de Diego Armando por Maradona o Juan Domingo por Perón, Eva entre las mujeres y más atrás aún hasta Irigoyen que aportó el Hipolitio, como el che sumo Ernesto, sólo por mencionar unos pocos.
Obviamente que en esta categoría son más que numerosos los nombres que por las preferencias de los padres respecto a sus ídolos, estos hayan quedado en sus hijos, quizás con la esperanza que emulen a los amados consagrados.
Sobre este tema debo aclarar que según mi padre, yo heredé el nombre del tío Eduardo a quien mi progenitor protegía por su capacidad, inteligencia, dignidad y talento demostrado en cada actividad desarrollada. Pero además, sospecho, aunque nunca me lo dijo, que el Carlos me llegó por Gardel a quien mi padre admiraba, coleccionaba sus grabaciones como también fotografías, notas, artículos y hasta los programas de sus actuaciones.
Texto: Eduardo Reyes, escritor y periodista de Viedma
Las Grutas – Río Negro
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