El caballo del diablo. Fantasmas, apariciones, casos en Patagones y Línea Sur y más

 

Mucho se ha escrito sobre la presencia de espectros o fantasmas, sus apariciones, incidencias y actitudes, como también como influyen en nuestras vidas y hasta, porque no, en algunas decisiones.

Es sabido y también bastante lógico que ante la aparición de alguno de ellos tratemos de encontrar la razonabilidad sobre su presencia o vinculación respecto al porque o la intención de hacerse ver o mostrarse. Es muy probable también que quien haya observado esas presencias pretenda descifrar o establecer a que responden, cuales son las causas o intenciones.

Por lo general, se cree que el fantasma que se deja ver o se muestra viene porque cuando partió quedaron cosas en su vida que no fueron resueltas o fue víctima de una traición o engaño y vuelve para reclamar a quien lo perjudicó, algo que hace solo con dejarse ver, que es suficiente para atemorizar o por lo menos preocupar a quien no le fue fiel o respeto su confianza.

De todos modos, no hay similitud en las reacciones de quienes lo visibilizan, ya que cada uno lo hace a  su manera, cuando un fantasma o espectro aparece ante su vista, en primer lugar porque no siempre se identifica o se supone de quien se trata y, por otra parte, porque es muy personal la manera de administrar los miedos o temores.

Además, según Angelita una “vidente” a quien muchas veces consulté por temas de esta índole me confió en que no cualquiera tiene la facultad de observar un fantasma o espectro, ya que hay quienes solamente perciben la presencia de alguien al que no ven y en este caso les provoca o perciben la rara o extraña situación de algo que ignoran si tiene la intención de proteger o lastimar.

En este aspecto, me remito a algunos de los cuentos de mi autoría publicados como cuando a mi amiga Alicia se le presentó la figura de su padre durante la madrugada, o cuando a la cobradora Teresa la atendió “El hijo de Chela”, que según comentó ésta misma había muerto hacía más de diez años. 

Otro testimonio de presencias aparece en “El fantasma de Shepherd”, cuando Pedro Baigorria le comenta a Juan Mardanez que vio a Shepherd caminando cerca del muelle (en Carmen de Patagones) y recuerdan que siempre vuelve para las fechas cercanas al 7 de marzo a buscar su anillo. Reconociendo los dichos de Angelita seguramente recuerdo la cantidad de fotografías en la que se observa un espectro, sin que ninguno de los que aparece en la foto lo haya advertido.

Cuantos vecinos de la Región Sur de Rio Negro han dado fe de haber visto “La Dama de Blanco” sobre quien escribió con tanta precisión Jorge Castañeda.

A fin de no cansarlos con ejemplos, les adelanto que el fantasma que hoy nos ocupa va a complicar un poco más nuestras creencias sobre el tema.

Esto es así porque según leyendas de distintas latitudes nos hablan de un caballo fantasma, al que identifican como “El Caballo del Diablo”.

Según cuentan las personas de más edad del pueblo de Ixcapuzalco en el Estado de Guerrero, en México, a las doce de la noche aparecía un jinete totalmente vestido de negro montado en un caballo, también negro que echaba fuego por los ojos, humo por sus ollares y haciendo escuchar sonoros bufidos, todo esto acompañado por un extraño baile que durante varios minutos danzaba el animal haciendo sonar sus casos con gran estrepito lo que aterrorizaba a los vecinos.

Cuentan también que en otras ocasiones solo divisaban al caballo y en algunas oportunidades se escuchaban los cascos y los bufidos, pero no observaban ni al animal ni al jinete, y en su relato sostenían precisamente, no temer por quien montaba al animal, sino que el temor lo provocaba el caballo.

Los habitantes del lugar que bautizaron al animal como el “Caballo del Diablo” concluyeron que el aparecido salía de un viejo panteón donde habían sido enterrados muchos revolucionarios que lucharon por la Independencia de México a órdenes del general Pedro Asencio Alqueciras, sin haberse confesado ni recibir la bendición de un sacerdote, y el caballo entonces custodiaba que nadie robe sus almas

Pidieron por ello la bendición del sacerdote del pueblo, algo que éste hizo durante algunas semanas, hasta que la actitud del caballo cesó.

Otra historia sobre este tema se remite al 1802 y al pueblo de Bath en Carolina del Norte, Estados Unidos, donde residía Jesse Elliott, al parecer un hombre muy afecto a la bebida, el juego, las mujeres y maldecidor de  quien se le ponía enfrente.  La mayor de sus diversiones, era correr carreras de caballos los domingos y consideraba que el animal de su propiedad era imbatible, por lo que desafiaba a todo propietario de caballos.

Una tarde de domingo llego a Bath un extraño jinete montado en un caballo negro y acercándose a Jesse le dijo que su semental no era rival para su montado desafiándolo por una importante cantidad de dinero.  Jesse acepto de inmediato y le propuso encontrarse en la pista de carreras en tres horas.  A la hora acordada, Jesse se vistió con la ropa que acostumbraba a utilizar para sus desafíos, en tanto su mujer le advirtió sobre las consecuencias de correr carreras los domingos.

El jinete se puso furioso y maldijo a su mujer, mientras esta le grito “ojalá que hoy mismo te vayas al infierno”. Ya en la pista, tras los arreglos de las condiciones de la carrera, Jesse percibía una extraña e inusual sensación.

La carrera comenzó y Jesse tomo la delantera y muy cerca y algo detrás el forastero, cuando se escucho la voz de Jesse, gritándole a su caballo; “dame la victoria o llévame al infierno”.

En ese instante su semental prácticamente se clavó en el suelo arcilloso de la pista y despidió a Jesse que fue a dar con la cabeza contra un árbol para morir al instante.

Tras el suceso, al extraño jinete no se lo vio más y según las voces del pueblo aseguran que se llevó al momento hacia el infierno a Jesse y en el lugar quedaron imborrables la huella del caballo y se mantienen como un recordatorio de lo que espera a los jóvenes pecaminosos.

Buscando leyendas y datos sobre hechos o sucesos similares, nos encontramos que se repiten en varios pueblos de México, como también en Honduras, Guatemala y Perú, entre otros países de América y además varios grupos musicales han compuesto canciones vinculadas a estas apariciones.

Una versión de Guanajuato en México habla de un pueblo muy amante de las carreras y un niño, al que también le encantaba ir a presenciarlas. Un día que se dirigía a observar las carreras que se anunciaban montado en su burro, se encontró con un jinete vestido de negro en un caballo superior, también negro al que le explicó hacia donde se dirigía.

El forastero le propuso que se lleve su vistoso caballo y que partícipe de la competencia, dándole además un saco con dinero para que haga las apuestas.

El niño así lo hizo y al ganar la competencia duplicó el dinero.

Muy contento y colmado de felicidad llegó al rancho donde lo aguardaba su madre para darle un reto ya que había ido a las carreras sin su permiso.  Obviamente, el niño contó la historia y le entregó el dinero a su madre, a la que invitó a que observara el caballo que le cambió el forastero.  La sorpresa fue que al salir se encontraron con que en el corral se encontraba solo su burrito.

En nuestro país se conoce también una historia sobre este ejemplar que corresponde al escritor pampeano Ángel Cirilo Aimetta y difiere solamente de las otras leyendas en que el pelaje que describe Aimetta es un tordillo que describe como “El Tordillo del Diablo”.

Aimetta relata su cuento y se incluye como uno de los protagonistas, cuando con su amigo Tono tenían que apartar los caballos del corral.

Tono en la tranquera atajando y dejando pasar  de acuerdo a lo programado, cuando advirtió la presencia de un animal que no pertenecía a la caballada y lo anuncio a viva voz.

Y ese tordillo de donde salió… qué grande es y que brioso – agregó-  Ángel respondió al momento “yo nunca lo había visto, que estampa tiene y que carácter, parece endiablado”, y allí quedó la conversación porque el tordillo busco la salida y en su endemoniada carrera embistió a Tono arrojándolo al suelo varios metros de distancia donde quedo tendido sin reacción.

Los otros caballos, que también buscaron la salida, esquivaron a Tono sin provocarle daño alguno. En tanto el tordillo ganó el campo y nadie volvió a verlo por la zona, por su parte Tono fue derivado a un nosocomio y  a pesar de ser auxiliado de inmediato su situación no varió.

Culmina Aimetta afirmando que aquel 21 de setiembre del 56 un tordillo embrujado le paralizó el tiempo, le congelo el crecimiento cortándole las alas cuando recién las estaba desplegando y ya no voló. Culmina afirmando,  han pasado los años y Tono mantiene intacta la ternura de su sonrisa, sus asombros y sus curiosidades de niño, su rubor y sus caprichos, el brillo de sus ojos, su infantil alegría y su humor fresco.

Pero sobre todo, el Tono, conserva su inocencia.

Texto: Eduardo Reyes, periodista y escritor de Viedma

Foto ilustrativa

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