Para pescar en Las Grutas está “La Rinconada”. Una postal de ese lugar característico

 

A veces, en algunas noches de las Grutas, visito “La Rinconada”. Desde los vidrios del parador veo a los pescadores. Toda una postal de ese lugar tan característico.

El sedal, las horas en perfecto silencio, el oleaje del mar, el tiempo que discurre apenas para pensar, la caña con el anzuelo tentador y asaz traicionero y el pez como una vara de plata palpitante debajo de las aguas copiosas.

Nadie va dos veces al mismo río (o a la misma orilla del mar) y sin embargo el ritual de los pescadores es siempre el mismo, ¡Oh, Heráclito!

Deviene el sedal, devienen las aguas deviene el pensamiento del hombre que discurre como otro pez esquivo.

La nasa que espera para gratificarse, la paciencia de los pescadores a prueba de toda contingencia, el sebo, las lombrices y los ojos escrutadores ante la presencia del posible cardumen desaprensivo y los mirones que nunca faltan.

¡Oh, El que quiera pescado! ¡Oh, el pez grande que se come al más chico! ¡Oh, el estatero en la boca del pez que cita Jesús en el evangelio!

Yo quiero una tilapia del mar de Genesaret, un pejerrey de Las Grutas ensimismado en su trono; el óvalo del lenguado; un salmón orondo; un surubí rechoncho; un dorado como un sol, Hasta una tararira dientuda o un barroso bagre que recuerde al Tape Burgos de don Segundo Sombra. Una trucha salmonada del arroyo Valcheta; un cazón toro de lidia o su pariente el tiburón que siempre amedrenta. Cualquier cosa quiero menos un botín inesperado.

Hay que jalar suavemente, hay que darle siempre una oportunidad al pez, devolverla pieza si es pequeña, respetar los meses de veda y en especial multiplicar los peces como en la pesca milagrosa: y regalar a manos llenas.

¡Delicias del pescador que da, que regala, que comparte, que vocea! Porque no solo de pan vivirá el hombre.

La escollera, el farallón, el meandro, el pozón, el recodo, la pesca embarcada (gran experiencia en Las Grutas). ¡Qué maravilla de instinto! ¡Qué intuición de nictálope, que astucia de zorro viejo!

El pez es un tesoro lleno de vida, una gema de las profundidades, un relumbre de estaño, un relámpago plateado, un arco voltaico, un ojo quieto, un conde de aluminio, un sumergible con vida. En cambio un pescado es un tesoro desenterrado; aderezado es una fiesta para el buen yantar, pero un pescado en la playa muerto es una angustia sin nombre, un cataclismo impredecible.

Las horas para el pescador son segundos. El viento, las botas de agua, el anorak impertérrito, la gorra protectora, y una ardiente paciencia más tenaz que la del cartero de Neruda que cuenta Skármeta.

Un pescador es un novio que espera a su amada con la certeza que la cita será jubilosa. Un artista del deporte. Un pescador será siempre un presocrático porque su espíritu tendrá el gozo de los epicúreos y que me perdone el bueno de Zenón de Zitio y los ecologistas.

Por eso, mientras degustamos una exquisiteces en el parador de La Rinconada miro en la noche de las Grutas y me embeleso con su pasión. Nada mejor que una buena cerveza y un plato de rabas.

 Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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