“A mí me gustan las barracas”. Referente de Viedma Omar Lehner recuerda edificio de su abuelo

 

A mí me gustan las barracas. Pero esas de la tercera acepción del Diccionario de la Lengua Española que se definen en América como “edificios en que se depositan cueros, lanas, maderas, cereales y otros efectos destinados al tráfico”.

Esas que hacen acopio de frutos del país. Amplias, con portones de chapa corredizos, mampostería de ladrillos a la vista, sin ventanas y con el piso enlucido de cemento con las juntas de dilatación tomadas.

Si yo fuera el dueño les pondría nombres de fantasía acorde a las zonas en que están ubicadas como “Viento Andino” de mi amigo Daniel Lorca en Valcheta, “Línea Sur” o sino con reminiscencias del país de aquellos acopiadores pioneros que vivieron de países del Oriente como “La flor de Siria”, “Los cedros del Líbano” o como aquel español que la supo bautizar con el nombre de su pueblo natal, allende en la madre patria: “Barraca Arboleas”.

Me gustan las barracas y observar las tareas especializadas de los clasificadores de lanas; ver las estibas de los fardos de polietileno de 220 a 300 kilogramos de peso, como una montaña blanca de vellones prietos. Observar cómo se aparta la barriga (de precio inferior); cómo se teme a la lana picada con brotes de sarna; cómo se aprecia un buen lote para hacer el calado, porque como en todas las cosas de la vida hay lanas y lanas, de finuras y rindes distintos.

Me gustan las barracas. Mirar la precisión inapelable de la báscula atraída por la fuerza de gravedad; la prensa hidráulica con su motor eléctrico y cajón con rieles. Admirar la pericia de los trabajadores para cargar el camión donde los bultos son elevados por la pluma y acomodados por los ganchos.

Me gustan las barracas. Controlar como se hace el romaneo, cuyo nombre viene de la romana, a la cual como dice el refrán “nunca hay que cargar”. Ver como se pelan los cueros cuando tienen algo de lana, como se secan, como se salan. Saber que si están cortados valen menos. Los de vacunos, los de capón, los de cordero, los de equinos, los ce cabras; cada uno con su precio distinto.

Me gustan las barracas. Acopar pieles de zorro. Los grises, grandes y chicos; los colorados, de primera y de segunda, bien estaqueados para que no desmerezcan, Y comprar pluma y cerda, frutos livianos de los campos patagónicos.

Pero prefiero el pelo de cabra con su blancura leve; eso sí; sin puntas amarillas porque vale mucho menos.

Me gustan las barracas. Con su olor característico y acre como a campo abierto. Con el trajinar de los obreros que conocen el oficio de memoria. Riqueza estibada y clasificada bajo el techo parabólico esperando los camiones para ir a otros destinos.

El escritorio, corazón de la barraca, me gusta menos, pero es imprescindible para todo buen negocio. Papeles, formularios, precios, fluctuaciones conforme a los vaivenes del mercado mundial de lanas, certificados, guía de marcas y señales, burocracia, transferencias, valor del tipo de cambio, acoso del fisco y cuántas otras yerbas más.

Mi amigo, el contador y prestigioso dirigente de Viedma Omar “Pocho” Lehner, me supo contar de “la barraca de su abuelo Luis que estaba en la media manzana de Moreno, entre San Martín y Garrone, de Viedma”. Sobre Garrone la casa familiar con la superficie que supone el matrimonio con diez hijas y dos hijos”.

“En la otra esquina, -recuerda Pocho- San Martín estaba la barraca, con sus fardos de arpillera (no había bolsones de polietileno ni prensa, los cueros de zorro colados de un clavo, el olor sarnífugo Jaca y lana, la balanza galponera en la que con mis tíos nos pesábamos después de algún almuerzo dominguero, cruzando todo el patio con quinta, molino y tanque australiano y gallinero, en lo que hoy es pleno centro de Viedma”.

“Antes de esa época mi viejo era el transportistas, manejaba uno de los camiones Ford T de mi abuelo. El escritorio era otro rincón inolvidable: el abuelo maceraba el tabaco para la pipa con cáscaras de naranja o algo así; sus libros; su colección de flechas, morteros, cerámicas, que lamentablemente se ha perdido. Las flechas prolijamente distribuidas en cartones de 30 x 30 cm. Aproximadamente, dispuestas en líneas, círculos y formas muy cuidadas”.

“Estos recuerdos me llevan de nuevo a esos años tan cargados de vivencias, emociones, afectos y enseñanzas”.

Me gustan las barracas y por eso pido prosperidad para todos. Para el productor que siempre sufre, para el acopiador paciente, para el exportador que confía en el país y también para mí, aunque solo me compre un buen suéter o use el chale de pelo de cabra tejido por mi madre, productos finales de tanto ajetreo.

Texto y foto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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