La niña que desapareció en salinas del Gualicho. Su cuerpo no fue encontrado ¿Fantasma?

 

El gran Bajo del Gualicho es una de las mayores depresiones de la Patagonia. Ámbito de leyendas y misterios encierra secretos de tiempos milenarios.

Su vegetación baja y achaparrada se extiende monótona y reiterativa. El cloruro de sodio se respira en al aire y predomina en toda su extensión. Algunas pocas lagunas y aguadas en ocasiones  suelen calmar la sed de hombres y animales. Precisamente por esa pertinaz escasez de agua el cacique Casimiro la denominó como la “travesía horrible” y advertía a quién osara hollar su extensión que allí solamente quedan las osamentas.

Gualicho, que identifica genéricamente a una entidad maléfica, es una de los pocos vocablos mapuches que se ha incorporado a la lengua castellana. Según los estudiosos aludiría a una forma femenina que sería “la giradora” o sea que indicaría el camino de los antepasados.

Uno de los mayores misterios que se aposenta en su ámbito es la terrible Piedra de Poderes en el viejo camino “el Chancho” y la temible Salamanca, donde los toros se enseñorean bufando, las ánimas bailan y cantan al compás de la acordeona y las guitarras, y el señor de la cueva, el mismo mandinga, concede las mercedes a cambio servidumbre y a veces hasta de la propia vida.

Es una de las leyendas más difundidas la del famoso “salamanquero” Bernabé Lucero que aprendió en la cueva a tocar la guitarra, porque a su propio decir “era un hombre de coraje”.

Para transitar el Gualicho hay que conocerlo y sobre todo respetarlo. El monte, eso se sabe, no perdona al timorato. Hay lugares de difícil acceso y el cansancio y la sed implacable pueden jugar una mala pasada al forastero.

Allí, en un temible lugar de ese inmenso páramo, en ciertas noches de luna nueva –cuentan los que saben- se escucha el rasguido de una guitarra,  y los paisanos dicen: -Es la guitarra de Lucero que toca sola.

En su extensión tiene su guarida el puma concolor, uno de cuyos congéneres peleó cuerpo a cuerpo con Mariano Villalba, perdiéndola vida a manos del paisano que quedó muy malherido. Y otra vez la advertencia: “En el  monte hay que andar con cuidado”.

Los zorros grises y colorados proliferan ágiles y raudos. Las lagartijas se mimetizan entre las piedras que el sol calcina implacable. Y hasta los chanchos jabalíes dejan su senda en los arenales.

Pero una de las mayores atracciones del Gualicho la constituye las extendidas y blancas salinas, donde la sal se explota en forma de extracción y también tiene una impronta de abundantes leyendas y relatos.

 Cuentan los lugareños que una niña se perdió en ella y jamás se tuvo noticias de lo ocurrido ni su cuerpo fue encontrado, y por eso su fantasma a veces suele verse deambulando entre las parvas de sal.

 Hoy, como un complemento económico más, son una atracción turística y se realizan excursiones a la misma.

Algunos juran que en las salinas del Gualicho pasan cosas. Pero al decir del Quijote: “cosa veredes Sancho, que no creyeres”.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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