Recuerdos del tiempo de María Castaña o ñaupa, tiempo viejo, visto por escritor rionegrino

 

El 18 de junio de 1386, María Castaña, mujer de Martín Cego, y sus dos cuñados, Gonzalo Cego y Alfonso Cego, fueron apresados, acusados de provocar la muerte del mayordomo y obligados a donar sus bienes a la Catedral, entre ellos las posesiones que tenían en el coto de Cereixa y se obligaron a pagar mil maravedíes de la moneda usual.

En la época de Cervantes ya se había convertido en una referencia temporal ambigua para referirse a un pasado muy lejano, equivalente a “los tiempos de Matusalén”. Por eso “en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas”.

Suele también escucharse todavía en nuestro país la frase “cosas del tiempo de ñaupa” que viene a ser lo mismo. El vocablo ñaupa proviene del término quichua “ñawpa”, que significa viejo o antiguo. Hasta aquí el origen de la frase que alude a hechos o cosas que pasaron hace bastante tiempo. Ahora vamos a las cosas al decir de Ortega y Gasset.

A los que tenemos ciertos años nos han quedado muy fijadas en la memoria ciertas propagandas radiales o gráficas de algunos productos o casas de comercio que ya han desaparecido para siempre.

¿Quién no se acuerda de la bella cabeza de un señor llena de alfiles de gancho que promocionaba al Geniol? ¿Acaso no decía la letrilla “Venga del sol, del aire, del vino o de la cerveza cualquier dolor de cabeza se quita con un Geniol?”. Fue mal atribuida a Gardel, pero de tan pegadiza casi todos la recordamos.

Allá quedó en el tiempo el famoso “Glostora Tango Club” y “Odol pregunta” con su “Minuto Odol en el aire”. ¿Quién puede olvidarse del jabón “Cadum” que hizo famosa a la diva Susana Giménez?

Quedó en el tiempo la vieja Emulsión de Scott en cuyo dibujo un hombre cargaba sus hombros u enorme bacalao (era la mercadería promocionada) y que Enrique Santos Discépolo incorpora a su tango Victoria: ¡Me saltaron los tapones, / cuando tuve esta mañana/ la alegría de no verla más. / Gracias a Dios/ que salvé de andar/ toda la vida atao/ llevando el bacalao/ de la Emulsión de Scott”.

En viejas revistas amarillentas han quedado las propagandas del aceite de ricino; de la leche de magnesia Phillips; de las pinturas Colorín; de Lux, el jabón de las estrellas; del vino Toro, la bebida de los pueblos fuertes; de la brillantina para el cabello; de la “calidad superior” del Cinzano y “para después de comer del cognac Otard-Dupuy, entre otras.

Recuerdo entre otras propagandas que leí en las revistas de mi infancia una a todo color del vino Arizu, tinto, clarete y blanco. El preferido de mi padre era el clarete con soda en esos maravillosos sifones de gruesos vidrios azules o verdes. Otra propaganda invitaba a pedir a su proveedor el “Aceite puro de oliva “Tittarelli”, en lata, maravilloso.

Pasando a las radiales, muy creativas, algunas han quedado en mi memoria. En Bahía Blanca había una cancioncilla que decía: “Lo fabrica Julián Urtueta, detergente La Flor del Sur”, y de San Antonio Oeste recuerdo otra muy efectiva y pegadiza que glosaba: “La basura al basurero municipal”. De las más exitosas recuerdo aquella de Eveready “una pila de vida”. Conocí a su creador.

Y una maravillosa publicidad ya más nueva y con clara referencias literarias promocionaba al Renault Megane, basada en el cuento de Cortázar “La autopista del Sur”, seguramente era solamente para entendidos.

Más modernas y televisivas son “La llama que llama” y la nuestra y rionegrina de Telefónica “A que no sabés vieja de donde te estoy llamando?”, que hizo famoso a su protagonista, entonces policía.

Somos – se dice- las cosas que recordamos. Yo recuerdo de aquellos viejos tiempos la propaganda de ropas de trabajo de Coppa y Chego, donde aullaba un lobo y no podía romperlas, la de Ferro Quina Bisleri, la famosa de Ginebra Bols porque “una copita estimula y sienta bien”, la de Casa Muñoz “donde un peso vale dos”.

Y quedan muchas que los lectores de ciertos años habrán de recordar con cariño y cierta nostalgia. Nosotros y aquellas pequeñas circunstancias que han formado nuestra vida. Cosas, amigos, del tiempo de María Castaña.

Jorge Castañera

Escritor Valcheta

 

Foto: diario Río Negro

 

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