“A cierta edad estamos llenos de ausencias”. Reflexiones de un escritor rionegrino

 

“Quisiera entrar en la muerte con los ojos abiertos” fueron las últimas palabras del emperador Adriano, según Marguerite Yourcenar.

Y el general San Martín en su lecho de moribundo pronunció sus póstumas palabras: “El barco está llegando a puerto”.

La muerte es una pulsión que todos los hombres llevamos con temor y con cierta reverencia. La otra es el eros. Eros y Tanatos decían los griegos que buscaban en sus teatros las respuestas a estos grandes interrogantes.

Según Borges, expresó en una de sus frases más felices y repetidas que, “morir es una costumbre que suele tener la gente”. Y cuando uno entra en años intuye que el fin del camino está cerca y que esa costumbre también nos atañe. Vulgarmente decimos que “nos va quedando poco hilo en el carretel”, eufemismo para ni siquiera nombrar a la parca. Nunca sabremos si viste de negro y lleva una guadaña amenazante.

Según un ameno libro del doctor López Matos, hay casos de muertos que no han muerto y algunos trayectos póstumos que hicieron historia, por ejemplo el de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, que acompañó el cadáver de su esposo casi por toda España.

¿Acaso un refrán algo lúgubre no dice que “el muerto se asusta del degollado”?

Cuando el reformador Juan Hus estaba por morir en la hoguera, apartado de la pira un leño no había prendido todavía y una viejecita lo tomó entre sus manos conmoviendo con su actitud al condenado, pero para su sorpresa lo hizo para arrojarlo al medio del fuego para que arda más, poniendo más celo en el castigo que los mismos inquisidores. Y así las últimas palabras de Hus fueron: Santas Simplicitas o sea “santa simplicidad”. Palabras que también han pasado a la posteridad.

Los poetas y los escritores (y yo creo que todos los mortales) cuando entramos en cierta edad pensamos más a menuda en esa señora que nos aguarda en algún recodo de la vida.

Eduardo Galeano en el “Libro de los abrazos” en un breve y maravilloso texto titulado “El aire y el viento” escribe con cierto desapego: “Por los caminos voy, como el burrito de San Fernando un poquito a pie y otro poquito andando”.

“A veces me reconozco en los demás, me reconozco en los que quedarán, en los amigos, locos lindos de la justicia y bichos voladores de la belleza y demás vagos y mal entretenidos que andan por ahí y por ahí seguirán, como seguirán las estrellas de la noche y las olas del mar. Entonces, cuando me conozco en ellos, yo soy aire aprendiendo a saberme continuado en el viento”.

“Me parece que fue Vallejo, César Vallejo, quien dijo que a veces el viento cambia de aire. Cuando yo ya no esté, el viento estará, seguirá estando”.

A medida que envejecemos nos vamos llenando de ausencias y ya nada es lo mismo. Amigos entrañables, familiares, conocidos. Al decir de Pablo Fermín Oreja “todo pasó y se fue”.

Por esas cuestiones no me gusta regresar a los lugares de mi infancia y juventud, porque ya nada es como era entonces. “Y uno comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”.

Borges en su libro El Hacedor dejó un bello poema titulado “Límites” que no deja pensando.

“Hay una línea de Verlaine que ya no volveré a recordar, / hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, / hay un espejo que me ha visto por última vez, / hay una puerta que cerrado hasta el fin del mundo. Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) / Hay alguna que ya no abriré. / Este verano cumpliré cincuenta años; / la muerte me desgasta, incesante”.

Creo que muchos hemos pensado como Borges, pero él supo expresarlo genialmente. A determinada edad ya hay muchas cosas que nos estarán vedadas para siempre y solo nos queda como a Baldomero Fernández Moreno, “esperar la nada” o bien esa “eterna dormienda”, al decir de Hamlet, príncipe de Dinamarca.

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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