La flora de Chipauquil. Un verdadero paraíso donde la mano de Dios ha sido generosa

El paraje de Chipauquil es uno de los más hermosos de la provincia de Río Negro. Un verdadero paraíso donde la mano de Dios ha sido generosa.

Su nombre deriva de un topónimo tehuelche que significa “Tierra de pinturas”, especialmente de color blanco.

Allí, entre las rocas basálticas de las estribaciones de la Meseta de Somuncurá, en cantarinas vertientes de agua (frías y cálidas), entre murmullos se va formando el arroyo Valcheta, que el paraje denominado la horqueta junta sus aguas que vivifican los sembradíos de las chacras, hasta que se pierde en el bajo de Gualicho.

Chipauquil es un lugar de ensueño, un oasis, una arcadia que mezcla valle y estepa. Una serie de canales de riego llevan el agua por surcos y sementeras. Hay rosales y flores, árboles frutales, maciegas y tunales. Es un canto a la vida.

A veces, cuando el paraje se viste de fiesta, es común escuchar la música nativa de las cordeonas. Porque también es un verdadero semillero de músicos y cantores. Todo canta para bien.

Las familias de Chipauquil son buenas y solidarias y merecen un homenaje por vivir arraigados a su lugar.

Dicen que los chivitos de Chipauquil son los mejores de la provincia.  Y podemos dar fe de ello. A veces en el bucólico solaz de las siestas cuando el sol madura la redondez de los racimos se escucha el balar de la hacienda. Todo es digno de una égloga que solo esperan al aedo que cante su belleza.

Un párrafo aparte lo merece la fauna y la flora del lugar. No es raro ver guanacos y avestruces en su entorno natural. Piches y las truchas señoras de las aguas del arroyo.

Chipauquil es muy conocido en el ambiente científico porque allí tiene su hábitat natural restringido la llamada popularmente “mojarrita desnuda”, ejemplar único en el mundo. Se llama sí porque nace sin escamas. Ver los pequeños cardúmenes solazando en las aguas cálidas de la naciente es un espectáculo maravilloso.

Con respecto a la flora, en primavera y verano, da al paisaje un colorido muy particular y sus flores son dignas de la acuarela del pintor más dotado.

Hay de todo color y tamaño. Miles de especies forman esta verdadera reserva natural. Las mariposas y las abejas van de flor en flor y alegran el ambiente poniendo una nota de color en el entorno.

A mí, en particular, me gustan las flores de tunas, llamados cactus. Son hermosas y delicadas y parece increíble que de la aspereza y las espinas de esas plantas pueda nacer una flor tan hermosa. Tal vez sea una parábola para la vida.

En el llamado “Rincón de Chipauquil” florecen los rosales con una profusión de perfumes y colores.

A orilla de arroyo, centenarios sauces, mimbres y álamos albergan a centenares de pájaros que gorjean y alegran con sus trinos las mañanas serenas del campo. Si hay algún sembrado de alfalfa en flor la dicha es completa.

Chipauquil es un edén. Se lo debe visitar, respetando el cuidado a la naturaleza y al medio ambiente. Un paraíso por descubrir espera al visitante.

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

Foto portada: Salvador Luis Cambarieri

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