Inicio Destacados Un premio Nobel, la mayonesa y la salsa golf, con la visión de un escritor rionegrino

Un premio Nobel, la mayonesa y la salsa golf, con la visión de un escritor rionegrino

 

Todas las cosas tienen su historia. Hasta las más insignificantes. Y muchas veces esas historias nos sorprenden. Así pasa con dos aderezos conocidos en las coquinarias de todo el mundo.

Según Luis Melnik, en su ameno Diccionario Insólito cuenta la sorprendente historia de la mayonesa.

“Salsa batida preparada con pimienta, sal, aceite, vinagre y yema de huevo. Cuando Armand Jean du Plessis, Cardinal y Duc de Richelieu (1585-1642), primer ministro de Luis XIII, ancló en Puerto Mahon, en las Menorcas, Islas Baleares, en el mar Mediterráneo, en 1756, reclamó comida tan poco tocó tierra. Como no había nada preparado, su cocinero apurado por las circunstancias, el apetito y el mal humor de su jefe, tomó lo que pudo, puso los ingredientes juntos y los batió hasta darles consistencia, forma y color amarillento.

Desde entonces a ese conjunto se lo llamó “mahonnaise”, por el puerto Mahon, capital de Menorca que, a su vez, deriva de Magon, fundador cartaginés, hermano de Aníbal. Aníbal fue un general cartaginés, uno de los grandes líderes militares de la Antigüedad y conquistador incansable. Una de sus memorables hazañas fue haber cruzado los Alpes con su caballería, una manada de elefantes y equipos para luego derrotar a los romanos. Aun así la memoria de su hermano ha sido nombrada y paladeada muchas más veces que sus hazañas trasalpinas”.

Ahora pasamos a la parte más interesante de esta breve nota. Según narra Víctor Ego Ducrot en su ameno libro “Los sabores de la patria” “Los conocedores adjudican la creación de la salsa Golf a Luis Federico Leloir. El médico Enrique Bellocopitow, antiguo colaborador del Premio Nobel, cuenta que esa obra de don Luis Federico nació un día de la década del 20, en el Club de Playa Grande, en Mar del Plata. La salsa Golf fue, sencillamente, un simple experimento de prueba y error; y este es el relato del doctor Bellocopitow.

“Después de la muerte de Leloir, en diciembre de 1987, me enteré de muchos hechos y actitudes suyas que subrayan su condición de hombre excepcional. Así supe que todos los sueldos que Leloir percibió como profesor extraordinario de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de Buenos Aires, y el monto de los premios que recibió –incluido el Nobel- los donó para costear las investigaciones que se realizaban en nuestro común lugar de trabajo, el Instituto de Investigaciones Bioquímicas”.

“Durante un almuerzo con empresario que se realizó en el Instituto poco antes de su fallecimiento, uno de los asistentes, amigo de su juventud, comentó: ¿Te acordás Lucho de tu primer descubrimiento, el de la salsa Golf?”

“Al momento salté con mi pregunta: ¿Qué tiene que ver el dire con la salsa Golf?; y aquel amigo se sorprendió de que nosotros no supiéramos que ese aderezo nació gracias a la inventiva de Leloir. Por supuesto, no se trató de un trabajo de bioquímica molecular; fue sencillamente un experimento de prueba y error”.

“Por lo que recuerdo del relato oído en ese almuerzo, las cosas sucedieron a mediados de la década del 20. Luis Federico Leloir, estudiante de medicina, pasaba buena parte de sus vacaciones de verano con sus amigos en el club de golf de Playa Grande, en Mar del Plata”.

“Luego de disfrutar del mar, esa veinteañera juventud dorada se doraba aún más alrededor de las mesas blancas, saboreando grandes cantidades de camarones y langostinos con mayonesa”.

“Pasada la primera ronda de bichos marinos y con ella el mayor aguijón del hambre, la búsqueda del gusto por el placer o del placer por el gusto planteó tras exigencias. ¿No les aburre todos los días langostinos con mayonesa?, comentó uno de los amigos”.

“A mí me gusta, pero veremos. ¡Mozo! Por favor, quisiera todas las salsas, vinagre, limón, sal kétchup, mostaza, aceites y todo lo que tenga para ponerle a estos bichos, contestó Leloir”.

“Así improvisó su primera investigación. De todas las mezclas que sus amigos probaron, la que más gustó fue la de kétchup con mayonesa. Desde entonces, el club usó esa salsa que luego se extendió por todo el mundo. Los amigos la bautizaron y luego los dueños del bar la servían con el nombre del club: salsa Golf”.

Historia son historias y los sibaritas (habitantes de la deliciosa isla griega de Sibaris) agradecidos.

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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