Hace cuatro años partieron de El Bolsón (Río Negro) a viajar. Ahora, están varados en México

Lucas Brinach, Ayelén Poledri y su hija Alana se lanzaron, hace cuatro años desde El Bolsón (Río Negro) a Ushuaia (Tierra del Fuego), a la aventura de vivir de viaje. Conocieron 16 países mientras se financiaban vendiendo artesanías. La emergencia del coronavirus los dejó varados en Mérida, México, donde se vieron forzados a cambiar su estilo de vida y su forma de mantenerse económicamente. Cómo los ayudó la solidaridad de la gente

Lucas Brinach (33) y Ayelén Poledri (33) hace más de cuatro años que dejaron atrás su rutina, sus trabajos y todo lo que conocían para cumplir su sueño de viajar sin rumbo ni tiempo de retorno. Fue así que salieron de El Bolsón en enero de 2016 con rumbo a Ushuaia, a bordo de una Renault Traffic. “Con la combi ya atravesamos 16 países y la convertimos en nuestro hogar sobre ruedas. Desde Ushuaia realizamos un largo viaje con rumbo al Norte, conociendo y aprendiendo de las diferentes culturas, buscamos el contacto con los locales, construimos amistades y experiencias únicas”, cuenta orgulloso Lucas.

En esta aventura no están solos, los acompaña su hija Alana (13). La adolescente disfruta de la vida nómade y estudia a través de internet. Este año llegaron a México después de varios meses de viajes y horas arriba de la traffic. México era el último país de Latinoamérica que les faltaba conocer. “Pero, a muy poco tiempo de haber llegado, se declaro la pandemia. Las restricciones por el coronavirus nos llevaron a nuevos desafíos: tener que encontrar un lugar para poder hacer el aislamiento preventivo, detener un viaje de cuatro años ininterrumpidos y ver nuevas maneras de sostener económicamente nuestro estilo de vida, ya que el viaje y el turismo forman parte de nuestra manera de financiarnos”, cuenta Lucas preocupado.

Ayelén afirma que les sorprendió la calidez y la bondad de los mexicanos. “Es un tiempo difícil para ser extranjeros en cualquier parte del mundo, pero esta contingencia sacó lo que mucha gente tiene adentro. Y nosotros pudimos ver -y reafirmar- que el mundo está lleno de gente buena, que se preocupó por nuestra situación y de inmediato empezó a mover contactos. Se hicieron cadenas de favores brindándonos todo su apoyo desde distintas partes del mundo, y también locamente. Estamos lejos de todo lo que conocemos, pero nos sentimos acompañados por toda la gente que en las redes nos hace sentir su afecto. Esperamos que todos estén muy bien y que esto tenga un buen desenlace para que podemos continuar con nuestra vida viajera”.

-¿Cómo era un día típico en su vida de viajantes antes de la pandemia?

-Comenzábamos el día con un poco de yoga, un desayuno con frutas y ver qué cosas teníamos por resolver. Nuestro horario para despertar depende siempre del lugar donde pasamos la noche: si es muy ruidoso por la mañana o si es muy frío, seguro nos levantamos un poco más tarde; y si dormimos frente a la playa, seguro el día empieza bien temprano cuando el sol comienza a calentar la combi. Nuestro estilo de vida no tiene una rutina consolidada, más bien se trata de hacer algunos planes y estar abierto a lo que se va presentando. Hay cosas que tenemos que resolver en el día a día: conseguir agua para tomar y para lavar, que te presten o te alquilen una ducha, tener Internet y un lugar tranquilo y cómodo para trabajar y estudiar, hacer las compras para cocinar. Pero es muy cambiante, hay días que los dedicábamos más a pasear, a conocer la ciudad, otros a trabajar, y algunos a compartir nuestras experiencias con otros viajeros o personas locales¿De que están viviendo ahora? ¿Dónde se instalaron?

-Hace cuatro años que vivimos viajando, nuestra casa es una Renault Traffic. Recién ahora, por motivos de la contingencia, paramos el recorrido y estamos en una casita que nos prestaron en la ciudad de Mérida, Yucatán, aquí en México. A lo largo del viaje nos fuimos financiando de diferentes maneras. Hasta antes de la pandemia hacíamos y vendíamos artesanías. También trabajamos de manera independiente con diseño gráfico y web, y ofrecíamos servicios de marketing de influencer a las agencias, hoteles y restaurantes de los lugares por los que pasábamos. Hoy todo esto cambió bruscamente y estamos con dos proyectos pequeños de diseño gráfico, ya que todas las industrias pararon y lo que ofrecemos está en stand by.

-¿Qué les dice su hija?

-Ella siempre tuvo una vida itinerante. Antes de comenzar el viaje nos mudamos desde el norte de Argentina a vivir a la Patagonia y en más de un lugar. Alana no tiene mayor problema para adaptarse a lo nuevo. Este viaje los planeamos entre los tres y ella, con 8 añitos entonces, era la que más entusiasmada estaba. Hoy, entrando en una etapa más adolescente y pasando ahora por esta contingencia, nos plantea sus ganas de hacer cosas nuevas acordes a su edad. Así que estamos en ese proceso de reacomodamiento de cómo va a seguir nuestro estilo de vida.

-¿Se terminaron todos sus ahorros?

-Nuestro viaje comenzó desde el principio sin ahorros. En un momento habíamos pensado esperar un tiempo para juntar algo de dinero y equipar la traffic con algunas comodidades. Pero nos sinceramos y supimos que si esperábamos, eso podía transformarse en un círculo vicioso donde siempre nos iba a faltar algo más de dinero o comodidad. Por eso dijimos: hagámoslo, si no salimos ahora, no salimos nunca. Así que nos largamos a la aventura con más ganas que ahorros: en el bolsillo llevábamos menos de 300 dólares en aquel momento. Creo que eso fue lo que más nos enseño, porque nos quedamos sin dinero a muy poco de comenzar el viaje y empezamos a hacer diversos trabajos para seguir viviendo, para seguir viajando. Hoy todo ese aprendizaje nos sirve para sobrevivir en medio de esta pandemia.

Por Camila Hadad

chadad@infobae.co

diario Infobae

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