Mi amigo el comisario González y el hallador ¿Un ladrón?

 

Hoy, como todas las mañanas, encendí la computadora para trabajar para, en primer lugar, enterarme de las novedades locales, como nacionales y de mi pueblo natal, Bahía Blanca, donde disfruté la niñez hasta la adolescencia, Coronel Dorrego. Entre buenas malas y otras noticias, me entero que a los 91 años partió el Negro Enrique Oscar González, comisario de la Policía de la provincia de Buenos Aires.

Con el Negro González nos conocíamos de toda la vida y cuando, como comisario, se desempeñó en la Comisaría Primera de Bahía Blanca.

Quien esto escribe integraba el plantel del Servicio Informativo de LU2 de la misma ciudad, por lo tanto nos encontrábamos con frecuencia para hablar de nuestro pueblo y otros asuntos. Recuerdo la tarde que me llamó para informarme que había sido trasladado a una comisaría de un pequeño pueblo bonaerense y que él interpretaba que era una especie de degradación.

Fue entonces cuando el Negro González me explicó cómo se manejaba lo que alguna vez bastante más tarde se conoció aquel artículo publicado en un semanario capitalino bajo el título, “La maldita Policía” que ponía al descubierto como se distribuían los cargos de mayor responsabilidad de la fuerza y como se negocian, que seguramente muchos recordarán.

En esa oportunidad, el Negro González que al considerarse, como dije, degradado no tenía otro camino que pedir el retiro de la fuerza, así lo hizo. Quiero entonces hoy en esta columna, rendir un homenaje a un funcionario policial que tuvo que desempeñarse en un ámbito corrupto y desprestigiado, sin contaminarse, demostrando su lealtad y honestidad con fidelidad al cumplimiento del deber.

En esta recordación al amigo González, me pareció oportuno resumir un cuento publicado en uno de mis libros, el tercero, que titulé “Cuentos de Reyes” y contiene en la página 33 un relato en el que uno de los protagonistas es el Negro González, quien me contó parte de la historia que relato.

Resulta que en nuestro pueblo, un personaje de apellido Bello, a quien todos lo conocían por el apodo de “Botija” que recorría a diario las calles con un desvencijado carro, comprando y vendiendo una variedad de artículos entre ellos, botellas, damajuanas, hierros, herramientas, las conocidas “tazas” que tiempo atrás llevaban los automóviles en sus cubiertas y un sinfín de productos para diversos usos.

Bello tenia ingenio y salidas picaras y astutas que por lo general escondían intenciones non sanctas. Cuando alguien le preguntaba si disponía de alguna tasa de determinada marca de vehículos, con rapidez contestaba que en este momento “no tengo disponibles” para agregar, “pero me están por entrar”. Obviamente, que muchos sospechaban que el “Botija” encontraba algunas cosas antes que la perdiera el dueño.

Obviamente, el mismo pensamiento o evaluación tenía el comisario González, quien decidió advertirle de la situación al propio “Botija” a quien citó a la comisaría para conversar, y según pude enterarme, el dialogo iniciado por el comisario fue cordial y respetuoso, desarrollándose en estos términos.

“Mire Bello, tengo información muy precisa relacionada con su actividad comercial y estoy en condiciones de advertirle que la misma transita una franja que deja ciertas dudas respecto de la legalidad y dada esta situación no tengo más remedio que advertirle que debe usted observar y revisar su proceder, a efectos de no tener que involucrarlo o encuadrarlo en figuras delictivas, como abuso de confianza, hurto, etc, etc. Que si bien no configuran hechos graves, están contemplados en las leyes y códigos como pasibles de distintas penas -hizo aquí el comisario una pausa para evaluar al interpelado – y prosiguió, como usted podrá apreciar, le estoy advirtiendo sobre esta situación a efectos de evitar proceder con el rigor que las normas legales me facultan, lo que sería lamentable para usted y su actividad comercial, la que entraría en desprestigio y le causarìa inconvenientes y pérdidas. Espero que usted Bello, entienda la situación y mi advertencia y observe una conducta propia de un buen vecino para evitar de tal modo situaciones desagradable.

El Botija Bello había escuchado la retórica del comisario González en silencio y con mucha atención y entonces también en tono pausado, sereno y no exento de cierta solemnidad y buscando las palabras, respondió:

Mire señor comisario Don Enrique González lo he escuchado con atención y aunque no comprendo cabalmente algunos de sus términos, debo decirle que he comprendido hacia donde van dirigidas sus palabras de advertencia –Bello permaneció erguido, observando a los ojos al comisario para agregar – debo decirle de todos modos señor comisario Don Enrique González, que usted está en un error si me considera un delincuente o por lo menos el cometedor de algún delito. En este pueblo hay gente un poco distraída y muy perdidosa, es asì que en forma permanente pierde distintos objetos y elementos, y yo los hallo, porque yo, señor comisario Don Enrique González no soy un delincuente, yo soy hallador, un hallador nato.

Debo consignar que en una de las charlas mantenidas con el buen amigo Enrique González –mate por medio – conversando de diversos temas, me confirmo aquel encuentro y conversación con el Botija Bello, que – por razones obvias – no era ese el nombre verdadero del otro protagonista de la historia.

Texto: Eduardo Reyes

Las Grutas – Río Negro

 

About Raúl Díaz

Check Also

Neuquén: 12.000 nuevos puestos de trabajo. “Llegar con oportunidad laboral concreta”

  Mientras los registros a nivel nacional cayeron cerca del 4%, en la provincia de …