Patagones, año 1823: La Negra Juana, la esclava que le ganó al poder. Historia de abusos

 

A poco de arribar  a esta zona, Francisco de Viedma y Narváez, enviado por el Rey Carlos III con la misión de proteger sus colonias que se encontraban amenazadas, se inició la ocupación de nuevos territorios y la creación de  poblaciones.

Poco después de la llegada del fundador, Viedma y Narváez lo hicieron  los primeros pobladores, pobres labriegos de Galicia y León a quienes les habían prometido mucho y le dieron poco.  Entre las promesas figuraban tierras, viviendas, bueyes, semillas, herramientas, y comida, las que obviamente no se cumplieron, por lo que los recién llegados debieron cavar cuevas en las barrancas para vivir.

Por sus orígenes de agricultor, Viedma y Narváez, como se sabe, fundó la ciudad en la margen sur del río Negro el 22 de abril de 1779, pero al sufrir una inundación devastadora, trasladó la población a la margen Norte que ofrecía mayor seguridad por encontrarse esas tierras en terrenos más elevados. El nuevo pueblo es hoy la ciudad de Carmen de Patagones y el fuerte Nuestra Señora del Carmen, por ser ese el nombre de la embarcación que lo condujo a estas tierras.

En octubre del mismo año comenzaron a llegar las naves que traían los pobladores que se instalarían en la región,  a los que no se les informó que debían poblar la Patagonia y otras cuestiones debido a que en su mayoría no sabían leer ni escribir.

Entrado el año 1.800 la población que superaba ya los 500 habitantes, entre los que figuraban unos pocos esclavos, se afianzaba a raíz de la buena relación con los aborígenes, el auge de los saladeros y el intercambio de hacienda entre las poblaciones.

A raíz de este crecimiento de actividad comercial comenzó a notarse la falta de mano de obra, por lo que el presidente Rivadavia decide enviar  reos a cumplir distintas tareas en los saladeros y con haciendas, como albañiles y mujeres.

Como es lógico suponer, con el crecimiento de la población, comienzan a diferenciarse las clases sociales siendo estas encabezadas por hacendados, comerciantes y ganaderos, ubicándose luego trabajadores de distintos rubros y luego los aborígenes y esclavos

La relación entre los habitantes de Viedma y Patagones y los indios era buena y de mutuo entendimiento, ya que los nativos traían hacienda y otros animales para consumo, así como tejidos que elaboraban las mujeres, o cueros sobados y se llevaban carne salada y harina.

La población siguió creciendo, por la llegada de hombres que enviaba Rivadavia ante la necesidad de mano de obra, muchos de los cuales no exhibían buenos antecedentes y como en el resto del país crecía la población negra o afro que estaban al servicio de las familias más acomodadas o consideradas de clase alta.

Un censo de 1821 registra que el 20 por ciento de la población de ese entonces era de raza negra y si bien investigadores, historiadores y hasta las mismas autoridades, por caso Bartolomé Mitre, aseguraban que eran bien tratados y considerados como de las propias familias, no era tan asì.  Es cierto que los esclavos gozaban ya de algunos derechos, como por ejemplo acudir a la justicia para pedir que se los venda si era maltratado, aunque no siempre se respetaba ese derecho.

Es importante destacar por otra parte que los esclavos que llegaban a esta zona se comercializaban por un precio bastante inferior que aquellos que arribaban a Buenos Aires, donde se negociaban por 280 o más de 300 pesos en tanto que en nuestra zona podían adquirirse por 70 a 80 pesos.

Es poco o casi desconocida la historia de la “Negra Juana”, esclava muy esbelta, joven y atractiva, que según dichos de aquel tiempo concentraba todas las miradas, pero también se advertía claramente la tristeza en sus ojos por el dolor que le provocaba la esclavitud, como el trabajo y algunas acciones forzadas a la que estaba sometida.

Juana tenía una hija, más bella aún, con una mirada que le recordaba en forma permanente la atrocidad del poder, que disponía de su cuerpo y hasta el alma de aquella mujer que soportaba, solo concentrada en que algún día conseguiría la libertad y que sus derechos serian respetados.

Su hija le recordaba asimismo que llevaba más de doce años sometida a la crueldad  que su amo dispusiera de ella a su antojo, pero a pesar del ultraje al que era sometida, su pensamiento y su corazón le permitieron que el amor llegara en un hombre de armas que cumplía servicio en la Comandancia con quien disfrutaba de los pocos momentos en que podían estar juntos. 

Juana soñaba en tanto con su libertad para compartir  el resto de la vida con su amado, con quien se encontraron una noche iluminados por la escasa luz de unas velas para entregarse de cuerpo y alma al amor.

Ese  encuentro fue interrumpido por el amo de Juana, quien como otras veces llegó para satisfacer sus deseos por la fuerza, arrojándose sobre ella como ya lo había hecho en muchas ocasiones, sin contemplación alguna por la dignidad y entereza de la mujer y disfrutar de su poder.

El hombre enamorado de Juana, por temor, se escondió debajo de la cama y como la mujer sufrió el ultraje del aberrante hecho y no salió en su defensa al considerar que si lo hacía sería peor para ambos.

Tras el suceso, Juana alzó su voz para culminar con su padecimiento y denunció a su amo por abuso sexual, lo que cayó en la población como algo impensado. Muchos hablaban del atrevimiento de la esclava Juana en denunciar a su amo y ensuciar su nombre, en tanto otro sector, valoraba la valentía que quisieran imitar de Juana.

No demoró entonces la muchacha en presentarse ante el comandante político y militar del Fuerte, Don José Gabriel de la Oyuela, considerado un hombre de mente abierta y vanguardista. 

Se le atribuyen entre otros beneficios, el desarrollo de la colonización, la fundación de escuelas, la introducción de nuevos métodos de enseñanza, el aumento de la población, la expansión del comercio y explotación de los saladeros y promoción de la ganadería vacuna, integro a los indios y planifico la fortificación del puerto

De la Oyuela hizo lugar a la denuncia de Juana, ordenó que se iniciara el juicio y entonces la esclava pudo declarar que su amo abusaba de ella con la promesa de otorgarle luego la libertad, que no cumplió o mediante distintas amenazas.  Juana indicó que esa situación la soportó durante doce años, que el hecho era público entre el vecindario, que tenía testigos y que también tuvo una hija de su amo.

Por todo lo expresado, Juana reclamó su libertad, derecho que le asistía y que mientras se ventilara el caso se la hospedara en la Comandancia.

De la Oyuela convocó a los testigos, incluso al acusado y ordenó un careo con Juana, demostrando su espíritu de grandeza al  otorgarle a la negra esclava los mismos derechos que a su amo blanco.

Juana se mantuvo firme en todos sus dichos, abundando en hechos, momentos, circunstancias y ocasiones, advirtiéndose que todo lo decía con un profundo dolor que le brotaba de sus entrañas y  se manifestaba además con lágrimas que inundaban sus hermosos ojos negros. Su amo, además de negar los dichos de Juana, manifestó que cuando la esclava parió la niña adjudicándole la paternidad, se había presentado ante el comandante de esa época, Domingo Fernández para expresar que la mujer buscaba desprestigiarlo y que esta había firmado una declaración, reconociendo que el padre de la criatura ya no estaba en el lugar.

Juana reconoció haber firmado un papel bajo amenazas y que lo hizo con una “X” sin conocer lo que decía porque no sabía leer ni escribir.

El amo de Juana acorralado por la cantidad de evidencias aportadas por la esclava y algunos testigos, como por las contradicciones de otros y de él mismo, acudió a argumentos poco creíbles y mentiras.

En el pueblo, en tanto, solo se hablaba de este tema y las opiniones estaban divididas, entre quienes se manifestaban en favor de Juana y alentaban su valor por denunciar los abusos del poder y entre los que consideraban que la “negra” solo pretendía perjudicar y ensuciar el buen nombre del vecino.

Es muy necesario destacar a Don José Gabriel de la Oyuela que no necesitó más que una tarde soleada de 1823 sentado a la vera del río Negro observando al grupo de negras esclavas, el que integro muchas veces Juana, lavando la ropa de sus amos, para ordenar sus ideas y resolver sobre el caso, tratando en un plano de igualdad los derechos de una “Negra” esclava, como el de un vecino blanco  de la sociedad poderosa de esa comunidad.

Dicen los historiadores, que por fin la “Negra” Juana pudo sonreír con el corazón,  por ser el que había sufrido muchos más que su agraciado cuerpo que había soportado el ultraje, la violencia y el abuso.  Pudo sonreír además por la felicidad que le producía haberle ganado el juicio al poder, desde su difícil situación de “esclava”

En su fallo, de la Oyuela que ya le había hecho conocer al presidente  Rivadavia y éste aprobó, le concedió  la libertad a Juana la facultó a conseguir nuevos amos y dispuso el pago que sus antiguos amos solicitaban por ella.  Ese día retumbaron los tambores en el Barrio del Candombe hasta altas horas de la noche, con grandes festejos y algarabía.

Sostienen historiadores que cuando de la Oyuela analizaba y meditaba sobre el tema de Juana, consideró y tuvo la certeza que hechos de esta naturaleza y otros tan graves que sufrían diversos sectores de la población, incluidos blancos, negros, indios o pardos también sucedían pero al no tener denuncias al respecto, nada podía hacer.

Es más que necesario también, destacar el criterio y razonamiento que aplicó Don José Gabriel de la Oyuela y la prontitud con la que resolvió el tema, teniendo en cuenta que corría el año 1823, todos los trámites se realizaban en manuscrito y que una carta a Buenos Aires demoraba no menos de veinte días.  Cabe recordar que hoy se disponen elementos altamente tecnificados y nuestra justicia tarda años en definir situaciones menos complejas que la planteada por la “Negra” Juana, la esclava de Patagones, que le ganó un juicio al poder.

 

Texto: Eduardo Reyes, periodista y escritor de Viedma

Foto ilustrativa, no hay constancias de imágenes de este caso, solo documentos escritos

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