Reunión de Juan Manuel Rosas con Charles Darwin, los ríos Colorado y Negro, Patagones…

 

El viaje por el mundo que hizo entre 1831 y 1836 el naturalista británico Charles Darwin y que le valió acceder a las claves de su teoría sobre la evolución, tuvo un punto significativo que corrió por un carril diferente al de la ciencia: el encuentro que mantuvo en suelo argentino con Juan Manuel de Rosas.

Por entonces, el llamado restaurador de las leyes estaba al frente de la campaña contra “los malones que asolaban los confines del territorio dominado por el hombre blanco, en un impasse de tres años en su gestión como gobernador de Buenos Aires que había iniciado en 1829”.

Darwin se había bajado el 3 de agosto 1833 en Carmen de Patagones del HMS Beagle, el barco capitaneado por Robert Fitz Roy que cumplía con la orden de surcar los mares detrás de un objetivo que mezclaba los perfiles científicos y geopolíticos propios de una potencia colonizadora como lo era Gran Bretaña.

Con un traductor, un guía y unos pocos gauchos, Darwin inició por tierra su recorrido desde la desembocadura del río Negro hacia el Norte sin que en el campamento de Rosas, situado a 40 kilómetros de lo que es hoy Pedro Luro, en la provincia de Buenos Aires, la movida del naturalista pasara inadvertida.

Es que la red de informantes del caudillo estaba por demás aceitada y por aquellos tiempos no dejaba de ser llamativo que un gringo bien equipado se bajara de un buque para emprender una excursión hacia la nada. ¿Habría algún tipo de intencionalidad oculta en ese desembarco?, se planteaba Rosas, un adicto a la desconfianza, al tomar conocimiento de la situación.

El encuentro finalmente se dio en los primeros días de agosto de aquel año cuando tras haber transitado unas 35 leguas desde Carmen de Patagones, por aquellos años la población más austral de América, Darwin arribó al campamento de Rosas, enclavado en la margen Norte del río Colorado.

La ubicación estratégica del emplazamiento lo convertian prácticamente en el portón hacia el interior de la Confederación Argentina, por lo que el inglés tuvo que mostrar la autorización que portaba del gobierno de Buenos Aires que en nada modificó la hosca recepción inicial de la guardia rosista.

Si bien Darwin pidió saludar a Rosas sabiendo que iba a estar en presencia de una figura política importante, quien realmente tenía sumo interés en ahondar en el visitante era el propio don Juan Manuel, quien le abrió de par en par las puertas del Fortín Colorado, tal el nombre que le había impuesto.

Del lado de Rosas, poco es lo que se sabe de esa reunión de la que quedó constancia porque Darwin narró cuando publicó, en 1839 en “Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo”, en el que dio algunos detalles de la personalidad de su anfitrión que, sin duda, lo había cautivado.

Sin embargo, en el relato que antecedió en 20 años a su obra sobre la evolución de las especies, Darwin refiere a que en ninguno de los momentos compartidos, Rosas aflojó su seria expresión de hombre duro, destacando su “carácter extraordinario” y la “profunda influencia” que ejercía sobre sus dirigidos.

“El campamento del general Rosas se encuentra muy cerca del rio”, escribe Darwin. “Es un cuadro formado de carretas, de artillería, de chozas de paja, etc. No hay casi mas que caballería, y opino que jamás se ha reunido un ejercito que se pareciera más a una partida de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mestiza; casi todos tienen en las venas sangre española, negra, india. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara vez tienen buena catadura. Me presento enseguida al secretario del general para mostrarle mi pasaporte. Inmediatamente empieza a interrogarme de la manera más altanera y misteriosa. Afortunadamente llevo encima una carta de recomendación que me ha dado el gobierno de Buenos Aires para el comandante de Patagones. Hacen llegar esa carta al general Rosas, que me envía un atentísimo mensaje, y el secretario vuelve a reunirse conmigo, pero esta vez muy cortés y muy amable. Vamos a aposentarnos al rancho, o choza de un anciano español que había servido a las órdenes de Napoleón en la expedición a Rusia”

Finalmente se produce la entrevista. Darwin describe así a quien un impreso de 1833 muestra “penetrando por la inmensidad del desierto, luchando con la naturaleza y venciendo a los bárbaros…Héroe del desierto”.

“El general Rosas expresó el deseo de verme, circunstancia que me proporcionó ocasión para que yo me felicitara andando el tiempo. Es un hombre de extraordinario carácter, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compañeros; influencia que sin duda pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y su dicha”. En una nota al pie, Darwin, en 1845 con ocasión de la segunda edición de la obra, escribe: “Posee según se dice, 74 leguas cuadradas de terreno y alrededor de 300 mil cabezas de ganado vacuno. Dirige admirablemente sus inmensas propiedades y cultiva mucho más trigo que todos los restantes propietarios del país. Las leyes que él ha redactado para sus estancias y un cuerpo de tropa compuesto por muchos centenares de hombres admirablemente disciplinados para poder resistir a los ataques de los indios, fue lo que al principio hizo que todos los ojos se fijaran en él y donde se apoyó su celebridad.

Acerca de la rigidez con que el general hacia ejecutar sus órdenes se cuentan muchas anécdotas… El general Rosas es también un perfecto jinete, cualidad muy importante…, adoptando el traje de los gauchos, ha sido como ha adquirido el general Rosas una popularidad ilimitada en el país y como consecuencia un poder despótico… En el curso de la conversación, el general Rosas es entusiasta, pero al mismo tiempo, está lleno de buen sentido y gravedad. Esta, incluso, está llevada al exceso… «

Mi entrevista con el general terminó sin que él hubiera sonreído una sola vez, pero obtuve un pasaporte y permiso para servirme de los caballos de posta del gobierno, lo que me concedió de la manera más servicial.

 La despedida de uno y otro en Fortín Colorado fue amigable. Darwin obtuvo el permiso para utilizar en su viaje a Buenos Aires, donde se iba a subir de nuevo al HMS Beagle, las postas y los caballos del ejército. Rosas, en tanto, quedó con la certeza que el visitante no había venido para traerle problemas.

 

Fuente: aula austral.com.ar

Difundido en Facebook por Noelia Sensini, Hilario Ascasubi

 

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